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Apuntes, anotaciones, miradas sobre facetas diversas del mundo y de la psicología, elaborados por el equipo de Psicologia Zona Franca. Otras aportaciones aparecen con la firma del autor.

 

ÍNDICE

 

LA AUTOESTIMA

MALTRATADA/MALTRATADOR

EDUCAR

MIEDO

CUANDO DUELE EL ALMA

MEDICACIÓN Y PSICOTERAPIA

SOLEDADES

CON LOS PIES EN EL SUELO

SER PADRES

¿QUÉ HEMOS HECHO DE LA PSICOLOGÍA?

(Gustavo Martín Garzo)

 

 

 

LA  AUTOESTIMA

Es un término del que se escribe más que se habla, pero que a nivel general no nos es ajeno. Podemos pensar que tenemos baja la autoestima cuando sentimos que los otros valen más que nosotros, cuando nuestras carencias o defectos hacen que no nos sintamos bien con nosotros mismos. Otras veces estos sentimientos íntimos contrastan con un carácter extrovertido, incluso ser considerados por los demás como personas muy seguras de sí mismas. En estos casos, la falta de autoestima se manifestará solo con las personas más allegadas, de manera que el que lidera un grupo fuera de casa, bien puede actuar sometiéndose al otro cuando ese otro tiene la condición de formar parte de una relación más cercana. Muchas son las maneras en que unos sentimientos de malestar con uno mismo pueden manifestarse. Pero, ¿qué es quererse a uno mismo? ¿es éso ser narcisista?. En estos textos no abordamos cuestiones teóricas de la psicología, sino que pretendemos dar una visión que pueda interesar a un nivel comprensible.

En el narcisista lo que prevalece no es el amor a sí mismo, sino su necesidad de quedar por encima de los demás, con lo cual sus relaciones quedan jerarquizadas de más a menos, nunca de igual a igual. Hay una lucha por el poder en sus relaciones que les hacen estar en continua alerta, muy penosa para los que le rodean y para ellos mismos cuando no han llegado a extremos en los que ni sienten ese sufrimiento.

En psicología 2+2 no es igual a 4. Somos seres complejos en los que intervienen tantos factores y tan diversos que no es fácil ni recomendable generalizar demasiado. En la infancia, lo que recibe la criatura va a marcarle, como le ha marcado ya su biología. Un déficit de atención o afecto puede hacer sentir al niño que no merece ser amado. Pero también una admiración desmesurada hacia su persona puede desorientarle acerca de su propia valía. En este último caso el niño al crecer y compararse con otros con algunas cualidades mejores que las suyas puede sentirse despechado o engañado, con consecuencias imprevisibles para su evolución. En todos los casos las personas necesitamos unos límites lo más realistas posibles de nuestro valor como personas y de nuestras características propias. No en los primeros meses de la vida, por supuesto, ya que ser el rey o reina de la casa también es una necesidad. Pero al pasar del tiempo la criatura necesita referentes realistas para encontrar un lugar entre los demás.

La persona con la autoestima baja suele tener el listón muy alto y siente constantemente que no llega, lo que provoca una sensación de impotencia y malestar y un desánimo general. En muchos casos no resulta fácil quererse a uno mismo. Desechar creencias y prejuicios puede ser una labor difícil, y quizás lo sea más aceptar que uno es lo que es, con las propias carencias y también las propias cualidades. Pero también ése puede ser un punto de partida sólido para ir relacionándonos, con más tranquilidad, con las demás personas.

 

 

MALTRATADA/MALTRATADOR

No es fácil adentrarse en la dinámica del maltrato a la mujer por parte de su pareja, ya que tenemos delante la espeluznante cifra de mujeres asesinadas a causa de la "violencia machista".

Desde el punto de vista social y legal está claro a quién hay que proteger y a quién hay que castigar cuando se llega a esos extremos. Lo que a mí me interesa comentar aquí es qué ha ocurrido antes en la mujer, en el hombre, en la pareja. La mujer no acepta el papel de víctima porque sí. El hombre no ejerce de matón sin más. La una y el otro se necesitan en ese tándem agredida-agresor que, en la mayoría de los casos comienza en los inicios de la relación y se acentúa a lo largo de las vicisitudes que la vida en común proporciona.

Se dice -y en muchos o en todos los casos es así- que la mujer maltratada tiene muy baja la autoestima. Pero es que el maltratador aunque aparente tenerla tiene que demostrar y demostrarse su importancia a través de su posesión: su mujer, ya que sin ella no sabe o puede hacer nada. Por otra parte la mujer que se deja maltratar también puede sentir su importancia a través de ser "Todo para él" "Sin mí no puede vivir". En estos casos los dos miembros de la pareja han entrado en un callejón en el que a veces ni buscan la salida, ya que se han instalado en él y no perciben el peligro que corren. Una extraña fuerza les ata a aquél, aquella de quien no se pueden separar y que hace de sus vidas un infierno.

Y hablo en plural desde una mirada psicológica, aunque se haga imprescindible que se siga atendiendo a la mujer maltratada y se la proteja como parte físicamente más débil de la pareja. Pero los agentes  legales solo intervienen cuando los casos son extremos. Y los sociales y psicológicos solo podemos intervenir cuando ellas y/o ellos dan su permiso, cuando a pesar de las dudas ponen su voluntad al servicio de la vida. Y es necesario sentir miedo a perderla para mobilizarse. Miedo no solo a perder la vida física, sino también a perder aquello a lo que todas las personas tenemos derecho: respirar, pensar, disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, que son las que nos dan verdadera autoestima.

 Al principio del tratamiento psicológico ya aceptado, y del camino de salida iniciado, pueden sentir mucho miedo, a veces tanto o más que cuando la vida era insoportable... pero conocida. Habrá que ir probando nuevas formas de pasar el tiempo, aprender a vivir sin aquella espada de Democles que nos acompañaba día y noche. Habrá que ir aprendiendo a prescindir del control -por activo o por pasivo- hacia o del otro e ir llenando ese espacio, esa energía en quizás cosas que nunca nos habríamos imaginado haciendo, compartiendo. La ayuda terapéutica acompañará, orientará, comprenderá sentimientos y acciones en vistas a una re-organización de la propia vida. Pero nada es posible si la mujer no denuncia, si acepta lo perverso como normal. Nada será posible si el hombre no se da cuenta que hay vida más allá de su frustración. Se hace necesaria la separación de la pareja, como medida higiénica imprescindible para poder seguir adelante, saliendo de ese pozo negro en que se había convertido la relación. 

 

 

EDUCAR

Una cosa es enseñar conocimientos o actitudes y la otra es educar. Para lo primero nos podemos ilustrar con libros, cursos o consejos, pero la educación abarca todo el entramado de la personalidad, desde lo que nos proponemos con la mejor intención, a las capas más inconscientes y que se reflejan en mil detalles, casi siempre no verbales y que la "esponja" de que están hechos los niños absorbe rápidamente.

Por ello muchas veces sentimos que no sabemos lo suficiente, y no me refiero a no saber manipular un ordenador, entender qué cosa es la globalización o estar o no de acuerdo con el movimiento okupa. Me refiero a ese cariño que se manifiesta en el arrullo materno -también paterno- y también en el "NO puedes hacer éso". Me refiero a esa mirada que hace sentir importante al niño y también a esa otra que detiene su comportamiento agresivo. Me refiero a la intimidad del abrazo y a la distancia imprescindible para el respeto mutuo. Muchas veces sentimos que no sabemos, quizás porque no lo vivimos en nuestra infancia o porque lo guardamos en un baúl olvidado en el altillo. Quizás necesitemos que nos ayuden a ejercer nuestro rol.

Hubo una eclosión, a finales de los sesenta en Europa, que para muchos quería decir que había llegado la hora de educar a los niños en la libertad. Al mismo tiempo se generaban expectativas de que esa libertad no sólo había de ser sexual, de expresión, de elección, de condición, sino que lo económico pasó a ser el primer valor, por encima de todos los demás. Nadie discute ya la necesidad de adquirir los productos que nos ofrece el mercado: desde los aparatos más sofisticados a las vacaciones en un país "exótico", pasando por toda la gama de pequeñas adquisiciones que -se dice- pueden librarnos en ocasiones de una depresión.

 Para todo ello necesitamos dinero, tiempo y especialización en nuestro trabajo, junto a mil distracciones que llenen el tiempo que no podemos dedicar a nuestros hijos. Pero muchas veces nos acomete la culpa: Nos asustamos de nuestro cansancio al final de la jornada, de no tener ganas de jugar con ellos, de sentirnos tan lejos de sus problemas infantiles o juveniles. Y cuando la criatura estalla en rabieta, a veces sentimos que es por nuestra ausencia, por nuestra desgana, por nuestro mal humor. Y nos arrugamos. No nos atrevemos a sacarles de la habitación si es que están molestando y en ocasiones acudimos a manuales para padres que explican maneras persuasivas de parar la rabieta. Muchas veces no soportamos que esas pocas horas que estamos con ellos se estropeen con problemas y hacemos lo imposible porque sean tranquilas, aún a costa de que sea con el silencio que impone la tele o la videoconsola.

Nuestro sueño es que no les falte de nada y nos sentimos orgullosos de su nivel de inglés o de su móvil último modelo, como lo estamos de nuestro coche y de las últimas vacaciones. Pero nos rechinan los dientes cuando nos avisa el tutor de que nuestro hijo ha faltado el respeto a un profesor. "Él habrá tenido la culpa, nuestro hijo es un buen chico, no sería capaz. Es cierto que a mí a veces me insulta, pero es sólo si le doy motivos. Se tendrá que defender, ¿no?".

Cuando se establece este tipo de relación, padres e hijos entran en un círculo vicioso en que uno siente culpa y por éso deja que el otro le agreda. Se acorta la distancia que permite ver al otro como un ser diferente, que actúa no sólo como respuesta al primero, sino desde la confluencia de muchos factores que, pocas veces podemos controlar. El sentimiento de culpa puede aparecer en una o en las dos partes, y muchas veces se expresa como rabia o indiferencia, cuando no de una forma más patológica.

 Si podemos asumir nuestras contradicciones y nuestras insuficiencias, quizás podamos mantenernos enteros ante nuestros hijos y ponerles los límites que en tantos momentos de su vida parecen pedirnos a gritos. Los necesitan ellos, la sociedad y también nosotros como padres.

 

 

CUANDO ES EL ALMA LO QUE DUELE

Todos tenemos un umbral de resistencia al dolor, sea físico o mental y esa variable, combinada con otras variables externas como el factor económico, social, familiar, etc., puede hacer que en algún momento de nuestra vida sintamos que algo hace "crack" dentro nuestro. En ciertos momentos en que  coinciden diversas circunstancias y parecen sumarse sus efectos, es cuando sentimos nuestra propia fragilidad. Con un símil médico podríamos decir que nos acecha, los virus de la depresión y la ansiedad, cuando no el derrumbe de nuestra personalidad y urge un buen diagnóstico. En muchos casos bastará con un buen aporte de vitaminas de afecto, comprensión, respeto profundo por nuestro dolor. En otros no bastarán y será entonces que se hará necesaria una intervención psicológica y/o psiquiátrica, cuanto más pronto, mejor.

Las crisis emocionales forman parte de la vida y las pérdidas de  cualquier tipo nos ponen a prueba, desde el mismo momento del nacimiento. Perdemos el claustro materno, el pecho, la seguridad de unos brazos que nos sostienen. Perdemos los ideales infantiles y llegamos a la adolescencia conscientes ya de que no hay marcha atrás. La vida nos ha empujado, nos ha ido despojando de lo que había sido en otros momentos nuestra identidad y nuestro confort. A cambio, nos ha hecho más fuertes, más libres, ha aumentado nuestras capacidades y nos ha dado la posibilidad de ser creativos. Toda una vida por desarrollar, todo un pasado por entender, todo un futuro por proyectar.

De adultos continuamos el desarrollo, el aprendizaje, ya más pausados, ya con un bagaje que podemos usar como experiencia. Pero las pérdidas continúan, quizás no tan masivas, pero no menos intensas. Conseguir un trabajo, crear una familia... Nuevos ideales que pocas veces se cumplen como soñamos, que a veces ni se cumplen a pesar del esfuerzo.

No es fácil soportar el dolor del alma, sobre todo cuando no se tiene un "soporte". Un soporte interno o externo que nos permita llorar desconsoladamente cuando lo necesitemos, sin necesidad de darnos soluciones rápidas, que nos de tiempo para conectar con nuestra realidad del momento en que todo aparece ensombrecido, porque sabe que ésa es solo una parte de esa otra realidad que es la vida y que está formada por una compleja trama de claroscuros. Puede que entonces vuelva a nosotros la sonrisa, de una forma natural, sólo porque también forma parte de nuestra naturaleza.

 

 

MIEDO

Es un sentimiento de supervivencia, nos pone en estado de alerta ante algo que pueda amenazar nuestra vida o aquello que es importante para nosotros. Amenazar aquello que poseemos en cualquier forma que sea.

Erich Froom en su obra "El miedo a la libertad" analizaba las motivaciones que pueden llevar y llevan a las personas y a los grupos humanos a dejarse llevar por ese miedo -en este caso a la gran aventura de la libertad- hasta cotas inimaginables de intransigencia e irracionalidad. Es cierto que el ser humano puede oscilar entre dos extremos : el Bien y el Mal, pasando por todas las graduaciones posibles. Pero es que además nuestra propia complejidad psíquica hace que podamos abjudicar cualquier valor a cada uno de los extremos de esta escala. Así, cada civilización, sociedad, religión, formación política, cada escuela entiende por Bien aquellos conceptos que la definen, y por Mal todo aquello que está en contra de esos principios o que simplemente los ignora.

Vivimos en la era de la globalización. Si nos centramos en la vertiente más humana del término y analizamos las repercusiones de este hecho, vemos que algo importante está ocurriendo y que nunca antes había sido posible. Ya no nos son ajenos sucesos que tienen lugar en países remotos para nosotros. Y digo "nosotros" refiriéndome a las personas que habitamos este "primer mundo", donde las tecnologías nos ponen ante un difícil reto: ¿Seguimos avanzando en estos nuevos medios que nos abren al resto del universo de manera implacable? ¿Cómo nos enfrentamos a la evidencia de otras realidades que nos desagradan, cuando no nos aterran?

No es fácil seguir comiendo mientras vemos en la pequeña pantalla cómo se muere de inanición y de enfermedades curables para nosotros. No es fácil entender qué ha pasado para que en la esquina de tu calle, tan tranquila durante años, unos hombres se apuñalen. No es fácil no perder los nervios cuando entran por ventanas y paredes aromas y sonidos extraños, muchas veces demasiado intensos y sin embargo tan normales para nuestros vecinos venidos de lejos. Como no es fácil entender y aceptar que los hijos, las familias, las comunidades crecen, cambian, necesitan y piden afrontar nuevos retos y responsabilidades, más libertad, en suma.

Hoy es más posible que nunca, aunque quizás por éso, el miedo está pululando dentro y fuera de nosotros. Algunos lo aprovechan y lo utilizan: es una buena estrategia, ya que enraiza con nuestra psicología más profunda.

El miedo se atenúa cuando se comparte con el grupo. Pero a veces la manera de atenuarlo es persiguiendo -física o psicológicamente- a los que no piensan igual. En psicología a ésto se le llama Proyección: Persigue, para no sentirte perseguido.

La otra opción, ante un miedo -legítimo- a lo desconocido, es conocer. Como siempre, la cultura nos echa una mano. Ahora sabemos más de los que, desesperados, saltan las vallas del hambre y que posiblemente sean los mismos que duermen ateridos en los bancos y portales de nuestras calles. Ahora podemos recordar nuestros exilios y nuestras humillaciones como emigrantes en países cuyas gentes nada sabían de nosotros y de nuestra historia.

 

 

MEDICACIÓN Y PSICOTERAPIAS

El ser humano está formado por cuerpo y psique (¿el alma?) y, las repercusiones de cualquier proceso de desestabilización emocional actúan en un feed-back tal que es difícil discernir con claridad cuál es principal determinante y en qué orden y medida tienen influencia en el proceso. Todo ello ha ocasionado inacabables controversias entre teóricos de la Psicología y han dado lugar a diferentes escuelas y técnicas que acostumbran a ignorarse, excluirse, cuando no a enfrentarse, cayendo en una disociación que poco ayuda a comprender la complejidad del espectro humano.

A las personas que sufren poco les importa la teoría que emplea su "médico", mientras les ayude en su legítimo deseo de sentirse mejor. Pueden ser reáceos a ciertos tipos de tratamiento y sintonizar con otros, como evidencia la experiencia clínica, pero ¿a quién le gusta ponerse en manos de un desconocido, aunque se trate de un profesional, para que le ayude?. Renunciar a la omnipotencia de valerse por uno mismo y aceptar que no estamos bien es duro para cualquiera. Temer a lo que nos hagan, nos digan, nos den, es tan humano y tan digno de ser tenido en cuenta que los especialistas deberíamos anteponer estos sentimientos de los pacientes a nuestras propias teorías y a la costumbre de pensar que nuestro enfoque del problema es el adecuado, aún viendo que no le sienta bien.

Actualmente hay una tendencia hacia el "biologicismo" estimulada, quizás, por los descubrimientos científicos que pretenden ubicar cada vez más las causas del comportamiento humano en el cuerpo. Se busca en los genes la localización de las alteraciones psicológicas y de vez en cuando aparecen noticias que aparentan haber dado con la clave de un problema.

Creo que tranquiliza mucho materializar lo inaprensible. También aporta beneficios económicos a las empresas farmacéuticas y en general a una sociedad competitiva donde no hay tiempo para entender y resolver los conflictos, sino que lo que priman son los resultados inmediatos, aún a costa de la estabilidad emocional de las personas. Desde la Psicología han proliferado y se potencian los tratamientos psicológicos enfocados a la inteligencia emocional, donde los terapeutas enseñan a los pacientes estrategias para cambiar sus percepciones distorsionadas y aprender otras más adecuadas a sus deseos y necesidades.

 Al mismo tiempo vemos cómo cada vez más se asocia una comprensión más profunda de los conflictos psicológicos, la actualmente llamada psicología comprensiva o dinámica, a las primeras etapas del psicoanálisis, cosa que hace que se considere pasada de moda y se rechace a priori, perdiéndose muchos futuros terapeutas la fuente de riqueza de dicho marco teórico, la evolución que ha seguido a través del tiempo y la fuente que ha sido para muchas otras teorías psicológicas más jóvenes en el tiempo.

Una de las cosas más positivas de nuestro tiempo, creo, es la diversidad que cada vez más, nos enriquece. Los países evolucionan, en diferente medida, abriendo sus fronteras físicas y culturales a otras maneras de entender el mundo, la vida, el ser humano y las relaciones que establecen entre sí. Cuanto más evolucionado es un país, mejor acepta las diferencias, puesto que conocer al otro ayuda a poder identificarse con lo que de común tenemos las personas. Así vamos perdiendo el miedo a ser invadidos por lo desconocido y perder nuestra seguridad. Conocer al otro sirve también para evaluar los riesgos con una medida de realidad y defendernos adecuadamente, llegado el caso.

En las ciencias, el avance del conocimiento nos hace sentir poderosos, eufóricos. Para validar lo nuevo parece que tengamos que dar de baja los conocimientos del pasado. Cuesta dejar que convivan diferentes puntos de vista para observar el mismo fenómeno. Sin embargo, si alguna ciencia es acreedora de esa diversidad, es la Psicología. Otra cosa es que los especialistas de cada escuela psicológica utilicen y defiendan "su técnica". Aceptar que existen otras tan válidas y útiles como la suya, más aún, contar y colaborar con las diferentes versiones de la psique y la conducta humana sería, a mi juicio, una de las prioridades que tiene la Psicología actual.

Desde esa perspectiva, los diferentes tipos de psicoterapia o la medicación psiquiátrica no sólo no están reñidas, sino que son opciones a utilizar por los terapeutas en una sociedad que evoluciona, -ése es el deseo-, hacia un desarrollo integral de las personas.

 

 

SOLEDADES

Estar solo no es lo mismo que sentirse solo. Se puede estar con la familia, con la pareja, con los amigos, con el grupo afín y sentir que uno no forma parte de, no se siente vinculado a. Sólo si se ha experimentado con alguien, con otros, la ida y venida de emociones, sentimientos, necesidades; la confianza, el apoyo, el consuelo, alimentos todos del alma, sólo entonces podemos estar cómodos en la soledad.

Se puede estar solo y sentir que uno forma parte de una humanidad compartida, de gente o cosas concretas. Se puede estar solo con los propios pensamientos, que no son sino una elaboración de otros pensamientos que nos han ido formando.

Sentirse solo es otra cosa, es no haber hallado la manera de conectar con los otros. Las causas pueden ser múltiples y no voy a hablar de ellas aquí, pero sí de caer en la cuenta de esa falta de vinculación, que es uno de los peores sufrimientos humanos. Quizás no lo sea menos el miedo al rechazo que muchas veces nos lleva a la soledad.

Darse cuenta de la propia realidad interna puede ayudarnos a entender la vida que llevamos y buscar las causas de nuestra insatisfacción. No es tarea fácil y muchas veces huimos hacia adelante, buscando tareas y personas con las que distraernos de nuestra desdicha más íntima. Aunque estos recursos pueden ser muy positivos, creo que necesitan ir acompañados de la posibilidad de integrar también los sentimientos de vacío, soledad o miedo. Cuando éstos son muy intensos o de muy largo recorrido, es posible que se necesite ayuda terapéutica para abordarlos. Seguramente la persona solitaria no se volverá extrovertida, pero podría llegar a gozar de su tiempo de la manera que mejor se le acomode, y aceptarse como una de las muchas variedades de la naturaleza humana.

 

 

CON LOS PIES EN EL SUELO

Estamos condicionados por nuestra historia y por otras historias anteriores a la nuestra, como también por la biología, que tiene mucho que ver en la forma en que reaccionamos ante los estímulos recibidos. Es cierto que muchas de las cosas que nos ocurren no podemos cambiarlas, como también lo es que muchas veces nos cuesta aceptarnos a nosotros mismos y a nuestras circunstancias. -"Si fuera más guapo, más joven, más rico, más listo..."-¿Por qué tiene que pasarme ésto a mí?- Y miramos a nuestro alrededor y vemos personas que nos parece que reúnen aquello que quisiéramos para nosotros. -"Es envidia sana"- nos decimos, pero yo diría que es también un deseo legítimo de ser más felices.

Queremos romper las cadenas que nos atan a nuestras dificultades, a nuestras carencias y tendemos a desear estar completos, casi como en el interior del útero, en que todas nuestras necesidades eran satisfechas automáticamente. Pero el primer contacto con el mundo exterior, al nacer, nos pone ante la evidencia de que hemos perdido el paraíso. El frío, el hambre, las molestias corporales internas y externas nos hacen llorar desesperadamente. Cuando esas necesidades no son satisfechas en un tiempo prudencial, nos invade el terror. El bebé y el niño muy pequeño pueden estallar en ataques de cólera de difícil consuelo, cuando llegan a ese estado. Si la persona que cuida, que tiene paciencia, que tranquiliza no aparece, el bebé entra en un estado que puede ir del rechazo a la indiferencia. Su tiempo no es el tiempo de los adultos y puede sentirse abandonado definitivamente. Puede que tarde mucho en recuperarse de ese sentimiento que genera desconfianza o que no lo logre nunca.

Adaptarse a la realidad no es tarea fácil. Aceptar las carencias de los demás y las propias lo es aún menos. A veces también cuesta aceptar nuestros recursos, o porque no los vemos o porque los desvalorizamos. Pero es cuando podemos hacerlo cuando disponemos del material posible para construir nuestra vida. Es verdad que no siempre es fácil saber o poder utilizar aquello para lo que estamos dotados.

Entender nuestra historia y nuestro presente es un paso importante en la aproximación a nosotros mismos y a nuestra realidad. A partir de ahí podremos ver y entender el mundo que nos rodea y disfrutarlo dentro de nuestras posibilidades.

 

 

SER PADRES

¿Tener hijos como un hecho natural que no tiene por qué plantear dudas o reflexiones o preocuparse por hacerlo de la manera que a nosotros nos hubiese gustado que lo hubieran hecho con nosotros?

La manera en que alguien es padre o madre viene determinada por toda una gama de circunstancias que, según se combinen pueden facilitarnos o dificultarnos nuestra tarea. La situación económica, nuestro estado emocional, la existencia o no de una relación de pareja, relación estable o no, el tipo de vínculos familiares y sociales, el grado de satisfacción profesional... el deseo o no de ser padre o madre.

Nuestra sociedad occidental ha ido aceptando una nueva manera de configuración familiar. Ya no se consideran necesarios a los dos miembros de la pareja para formarla. Tampoco es imprescindible que sean de diferente sexo. La Psicología se ha quedado rezagada en el abordaje de estos temas y tiene aún mucho que debatir para ubicarlos desde la realidad actual. Pese a todo hay –creo- unos cuantos puntos de referencia que nos pueden dar señales de por dónde podemos ir avanzando:

El amor. El deseo de transmitir a los hijos unos bienes de los que nos sentimos administradores y que consideramos valiosos: el bienestar físico y emocional, el afecto y toda la gama de sentimientos y sensaciones que conlleva. La vida, en suma, con sus momentos de felicidad.

El deseo de hacer de nuestros hijos unas personas sociables que puedan integrarse en nuestro (después será “su”) entorno, con la satisfacción que ello reporta. Añadamos aquí que sociabilidad no impide que las personas tengamos nuestro propio criterio delante de las cosas ni que dejemos de buscar nuestro lugar en la sociedad, el que mejor se adecue a nuestra manera de ser; también la libertad de ser uno mismo es en sí una fuente de satisfacciones.

Todo ello no está exento de dificultades, como bien experimentan los padres cuando, por ejemplo, sus hijos les ponen al límite de su paciencia, sea porque les piden sin medida, sea porque les rechazan, también sin medida. En esos momentos perdemos, muchas veces, la propia seguridad en nuestros recursos y dudamos si somos unos buenos padres. Nuestra autoestima baja, la rabia o la desesperación crece y como resultado podemos pasar de ser unos padres muy permisivos al otro extremo : ser demasiado estrictos. Hallar el término medio nos parece a veces una empresa imposible.

Ellos, nuestros hijos, pasan por varias etapas evolutivas que a nosotros nos dejan casi siempre desorientados. Cuando parece que nuestro niño/a ha crecido lo suficiente para conocernos , querernos, obedecernos y nos enorgullecemos de todos esos logros, aparecen los primeros signos de rebeldía explícita. Estrenan su lenguaje con un sonoro y desconcertante NO a todo, unido muchas veces a las rabietas más incomprensibles. Entonces sentimos que hay una especie de vuelta atrás y no lo toleramos. Algo parecido pero con características más complejas ocurre cuando en la adolescencia vemos que nos tiran por el suelo cuanto creíamos haberles transmitido y que ellos habían asolido. La dificultad máxima nos puede llegar cuando nos convierten a nosotros mismos en esos ángeles caídos, la representación de lo malo, el error, el fracaso. A veces nos sentimos tan abatidos que quisiéramos tirar la toalla.

Pero la vida es evolución y no sólo cambian nuestros hijos; también nosotros lo hacemos. Pasamos nuestras crisis de madurez, de vejez, de pareja, familiares, profesionales, sociales. Muchas veces estamos irritados, tristes o desesperados por multitud de circunstancias que tienen que ver con esos cambios y con nuestra mayor o menor capacidad para soportar las pérdidas que necesariamente conllevan.

También nuestros hijos sufren pérdidas al crecer, pérdidas que se parecen (en el nivel de los sentimientos) a las nuestras, como la seguridad de lo conocido y la necesidad de entrar y adaptarse a una nueva etapa.

No toda confrontación ha de ser negativa. Precisamente el grito de rebeldía, la tozudez, el insulto incluso pueden ser y son la mayoría de las veces los únicos medios de que dispone el niño y el adolescente para pedir ayuda. Pueden necesitar que se les ponga límites más claros, pueden estar pidiendo un diálogo para expresar sus dudas, sus miedos y lo hacen rudamente, precariamente, diría yo.

La mayoría de las veces bastará con armarse de paciencia y observar, preguntar, escucharles. Quizás nosotros necesitemos que otros adultos a quienes tenemos confianza nos observen, pregunten o nos escuchen. Quizás eso baste. Puede que también necesitemos y necesiten un abrazo, una caricia; que dejemos y nos dejen estar tristes, tener miedo, dudar. Puede que una mirada esperanzadora.