Es un término
del que se escribe más que se habla, pero que a nivel general no nos es
ajeno. Podemos pensar que tenemos baja la autoestima cuando sentimos que
los otros valen más que nosotros, cuando nuestras carencias o defectos
hacen que no nos sintamos bien con nosotros mismos. Otras veces estos
sentimientos íntimos contrastan con un carácter extrovertido, incluso
ser considerados por los demás como personas muy seguras de sí mismas.
En estos casos, la falta de autoestima se manifestará solo con las
personas más allegadas, de manera que el que lidera un grupo fuera de
casa, bien puede actuar sometiéndose al otro cuando ese otro tiene la
condición de formar parte de una relación más cercana. Muchas son las
maneras en que unos sentimientos de malestar con uno mismo pueden
manifestarse. Pero, ¿qué es quererse a uno mismo? ¿es éso ser
narcisista?. En estos textos no abordamos cuestiones teóricas de la
psicología, sino que pretendemos dar una visión que pueda interesar a un
nivel comprensible.
En el
narcisista lo que prevalece no es el amor a sí mismo, sino su necesidad
de quedar por encima de los demás, con lo cual sus relaciones quedan
jerarquizadas de más a menos, nunca de igual a igual. Hay una lucha por
el poder en sus relaciones que les hacen estar en continua alerta, muy
penosa para los que le rodean y para ellos mismos cuando no han llegado
a extremos en los que ni sienten ese sufrimiento.
En psicología
2+2 no es igual a 4. Somos seres complejos en los que intervienen tantos
factores y tan diversos que no es fácil ni recomendable generalizar
demasiado. En la infancia, lo que recibe la criatura va a marcarle, como
le ha marcado ya su biología. Un déficit de atención o afecto puede
hacer sentir al niño que no merece ser amado. Pero también una
admiración desmesurada hacia su persona puede desorientarle acerca de su
propia valía. En este último caso el niño al crecer y compararse con
otros con algunas cualidades mejores que las suyas puede sentirse
despechado o engañado, con consecuencias imprevisibles para su
evolución. En todos los casos las personas necesitamos unos límites lo
más realistas posibles de nuestro valor como personas y de nuestras
características propias. No en los primeros meses de la vida, por
supuesto, ya que ser el rey o reina de la casa también es una necesidad.
Pero al pasar del tiempo la criatura necesita referentes realistas para
encontrar un lugar entre los demás.
La persona con
la autoestima baja suele tener el listón muy alto y siente
constantemente que no llega, lo que provoca una sensación de impotencia
y malestar y un desánimo general. En muchos casos no resulta fácil
quererse a uno mismo. Desechar creencias y prejuicios puede ser una
labor difícil, y quizás lo sea más aceptar que uno es lo que es, con las
propias carencias y también las propias cualidades. Pero también ése
puede ser un punto de partida sólido para ir relacionándonos, con más
tranquilidad, con las demás personas.

MALTRATADA/MALTRATADOR
No es fácil
adentrarse en la dinámica del maltrato a la mujer por parte de su
pareja, ya que tenemos delante la espeluznante cifra de mujeres
asesinadas a causa de la "violencia machista".
Desde el
punto de vista social y legal está claro a quién hay que proteger y
a quién hay que castigar cuando se llega a esos extremos. Lo que a
mí me interesa comentar aquí es qué ha ocurrido antes en la mujer,
en el hombre, en la pareja. La mujer no acepta el papel de víctima
porque sí. El hombre no ejerce de matón sin más. La una y el otro se
necesitan en ese tándem agredida-agresor que, en la mayoría de los
casos comienza en los inicios de la relación y se acentúa a lo largo
de las vicisitudes que la vida en común proporciona.
Se dice -y
en muchos o en todos los casos es así- que la mujer maltratada tiene
muy baja la autoestima. Pero es que el maltratador aunque aparente
tenerla tiene que demostrar y demostrarse su importancia a través de
su posesión: su mujer, ya que sin ella no sabe o puede hacer nada.
Por otra parte la mujer que se deja maltratar también puede sentir
su importancia a través de ser "Todo para él" "Sin mí no puede
vivir". En estos casos los dos miembros de la pareja han entrado en
un callejón en el que a veces ni buscan la salida, ya que se han
instalado en él y no perciben el peligro que corren. Una extraña
fuerza les ata a aquél, aquella de quien no se pueden separar y que
hace de sus vidas un infierno.
Y hablo en
plural desde una mirada psicológica, aunque se haga imprescindible
que se siga atendiendo a la mujer maltratada y se la proteja como
parte físicamente más débil de la pareja. Pero los agentes
legales solo intervienen cuando los casos son extremos. Y los
sociales y psicológicos solo podemos intervenir cuando ellas y/o
ellos dan su permiso, cuando a pesar de las dudas ponen su voluntad
al servicio de la vida. Y es necesario sentir miedo a perderla para
mobilizarse. Miedo no solo a perder la vida física, sino también a
perder aquello a lo que todas las personas tenemos derecho:
respirar, pensar, disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, que
son las que nos dan verdadera autoestima.
Al
principio del tratamiento psicológico ya aceptado, y del camino de
salida iniciado, pueden sentir mucho miedo, a veces tanto o más que
cuando la vida era insoportable... pero conocida. Habrá que ir
probando nuevas formas de pasar el tiempo, aprender a vivir sin
aquella espada de Democles que nos acompañaba día y noche. Habrá que
ir aprendiendo a prescindir del control -por activo o por pasivo-
hacia o del otro e ir llenando ese espacio, esa energía en quizás
cosas que nunca nos habríamos imaginado haciendo, compartiendo. La
ayuda terapéutica acompañará, orientará, comprenderá sentimientos y
acciones en vistas a una re-organización de la propia vida. Pero
nada es posible si la mujer no denuncia, si acepta lo perverso como
normal. Nada será posible si el hombre no se da cuenta que hay vida
más allá de su frustración. Se hace necesaria la separación de la
pareja, como medida
higiénica imprescindible para poder seguir adelante, saliendo de ese
pozo negro en que se había convertido la relación.

EDUCAR
Una cosa es
enseñar conocimientos o actitudes y la otra es educar. Para
lo primero nos podemos ilustrar con libros, cursos o
consejos, pero la educación abarca todo el entramado de la
personalidad, desde lo que nos proponemos con la mejor
intención, a las capas más inconscientes y que se reflejan
en mil detalles, casi siempre no verbales y que la "esponja"
de que están hechos los niños absorbe rápidamente.
Por ello muchas veces sentimos que no sabemos
lo suficiente, y no me
refiero a no saber manipular un ordenador, entender qué cosa es la
globalización o estar o no de acuerdo con el movimiento okupa. Me
refiero a ese cariño que se manifiesta en el arrullo materno -también
paterno- y también
en el "NO puedes hacer éso". Me refiero a esa mirada que hace sentir
importante al niño y también a esa otra que detiene su comportamiento
agresivo. Me refiero a la intimidad del abrazo y a la distancia
imprescindible para el respeto mutuo. Muchas veces sentimos que no
sabemos, quizás porque no lo vivimos en nuestra infancia o porque lo
guardamos en un baúl olvidado en el altillo. Quizás necesitemos que nos
ayuden a ejercer nuestro rol.
Hubo una eclosión, a finales de los sesenta en
Europa, que para muchos quería decir que había llegado la hora de educar a los niños
en la libertad. Al mismo tiempo se generaban expectativas de que esa
libertad no sólo había de ser sexual, de expresión, de elección, de
condición, sino que lo económico pasó a ser el primer valor, por encima
de todos los demás. Nadie discute ya la necesidad de adquirir los
productos que nos ofrece el mercado: desde los aparatos más sofisticados
a las vacaciones en un país "exótico", pasando por toda la gama de
pequeñas adquisiciones que -se dice- pueden librarnos en ocasiones de
una depresión.
Para todo ello necesitamos dinero, tiempo y
especialización en nuestro trabajo, junto a mil distracciones que llenen
el tiempo que no podemos dedicar a nuestros hijos. Pero muchas veces nos
acomete la culpa: Nos asustamos de nuestro cansancio al final de la
jornada, de no tener ganas de jugar con ellos, de sentirnos tan lejos de
sus problemas infantiles o juveniles. Y cuando la criatura estalla en rabieta,
a veces sentimos que es por nuestra ausencia, por nuestra desgana, por nuestro
mal humor. Y nos arrugamos. No nos atrevemos a sacarles de la habitación
si es que están molestando y en ocasiones acudimos a manuales para
padres que explican maneras persuasivas de parar la rabieta. Muchas
veces no soportamos que esas pocas horas que estamos con ellos se
estropeen con problemas y hacemos lo imposible porque sean tranquilas,
aún a costa de que sea con el silencio que impone la tele o la
videoconsola.
Nuestro sueño es que no les falte de nada y
nos sentimos orgullosos de su nivel de inglés o de su móvil último
modelo, como lo estamos de nuestro coche y de las últimas vacaciones.
Pero nos rechinan los dientes cuando nos avisa el tutor de que nuestro
hijo ha faltado el respeto a un profesor. "Él habrá tenido la culpa,
nuestro hijo es un buen chico, no sería capaz. Es cierto que a mí a
veces me insulta, pero es sólo si le doy motivos. Se tendrá que
defender, ¿no?".
Cuando se establece este tipo de relación,
padres e hijos entran en un círculo vicioso en que uno siente culpa y
por éso deja que el otro le agreda. Se acorta la distancia que permite
ver al otro como un ser diferente, que actúa no sólo como respuesta al
primero, sino desde la confluencia de muchos factores que, pocas veces
podemos controlar. El sentimiento de culpa puede aparecer en una o en
las dos partes, y muchas veces se expresa como rabia o indiferencia,
cuando no de una forma más patológica.
Si podemos asumir
nuestras contradicciones y nuestras insuficiencias, quizás podamos mantenernos enteros ante nuestros hijos y
ponerles los límites que en tantos momentos de su vida parecen pedirnos
a gritos. Los necesitan ellos, la sociedad y también nosotros como
padres.

CUANDO ES EL ALMA LO QUE DUELE
Todos tenemos un umbral de resistencia al dolor, sea físico o mental y
esa variable, combinada con otras variables externas como el factor
económico, social, familiar, etc., puede hacer que en algún momento de
nuestra vida sintamos que algo hace "crack" dentro nuestro. En ciertos
momentos en que coinciden diversas circunstancias y parecen
sumarse sus efectos, es cuando sentimos nuestra propia fragilidad. Con
un símil médico podríamos decir que nos acecha, los virus de la
depresión y la ansiedad, cuando no el derrumbe de nuestra personalidad y
urge un buen diagnóstico. En muchos casos bastará con un buen aporte de
vitaminas de afecto, comprensión, respeto profundo por nuestro dolor. En
otros no bastarán y será entonces que se hará necesaria una intervención
psicológica y/o psiquiátrica, cuanto más pronto, mejor.
Las crisis emocionales forman parte de la vida y las pérdidas de
cualquier tipo nos ponen a prueba, desde el mismo momento del
nacimiento. Perdemos el claustro materno, el pecho, la seguridad de unos
brazos que nos sostienen. Perdemos los ideales infantiles y llegamos a
la adolescencia conscientes ya de que no hay marcha atrás. La vida nos
ha empujado, nos ha ido despojando de lo que había sido en otros
momentos nuestra identidad y nuestro confort. A cambio, nos ha hecho más
fuertes, más libres, ha aumentado nuestras capacidades y nos ha dado la
posibilidad de ser creativos. Toda una vida por desarrollar, todo un
pasado por entender, todo un futuro por proyectar.
De adultos continuamos el desarrollo, el aprendizaje, ya más pausados,
ya con un bagaje que podemos usar como experiencia. Pero las pérdidas
continúan, quizás no tan masivas, pero no menos intensas. Conseguir un
trabajo, crear una familia... Nuevos ideales que pocas veces se cumplen
como soñamos, que a veces ni se cumplen a pesar del esfuerzo.
No es fácil soportar el dolor del alma, sobre todo cuando no se tiene un
"soporte". Un soporte interno o externo que nos permita llorar
desconsoladamente cuando lo necesitemos, sin necesidad de darnos
soluciones rápidas, que nos de tiempo para conectar con nuestra realidad
del momento en que todo aparece ensombrecido, porque sabe que ésa es
solo una parte de esa otra realidad que es la vida y que está formada
por una compleja trama de claroscuros. Puede que entonces vuelva a
nosotros la sonrisa, de una forma natural, sólo porque también forma
parte de nuestra naturaleza.

MIEDO
Es un sentimiento de supervivencia, nos
pone en estado de alerta ante algo que pueda amenazar
nuestra vida o aquello que es importante para nosotros.
Amenazar aquello que poseemos en cualquier forma que sea.
Erich Froom en su obra "El miedo
a la libertad" analizaba las motivaciones que pueden
llevar y llevan a las personas y a los grupos humanos a
dejarse llevar por ese miedo -en este caso a la gran
aventura de la libertad- hasta cotas inimaginables de
intransigencia e irracionalidad. Es cierto que el ser
humano puede oscilar entre dos extremos : el Bien y el
Mal, pasando por todas las graduaciones posibles. Pero es
que además nuestra propia complejidad psíquica hace que
podamos abjudicar cualquier valor a cada uno de los
extremos de esta escala. Así, cada civilización,
sociedad, religión, formación política, cada escuela
entiende por Bien aquellos conceptos que la definen, y
por Mal todo aquello que está en contra de esos
principios o que simplemente los ignora.
Vivimos en la era de la globalización.
Si nos centramos en la vertiente más humana del término
y analizamos las repercusiones de este hecho, vemos que
algo importante está ocurriendo y que nunca antes había
sido posible. Ya no nos son ajenos sucesos que tienen
lugar en países remotos para nosotros. Y digo "nosotros"
refiriéndome a las personas que habitamos este "primer
mundo", donde las tecnologías nos ponen ante un difícil
reto: ¿Seguimos avanzando en estos nuevos medios que nos
abren al resto del universo de manera implacable? ¿Cómo
nos enfrentamos a la evidencia de otras realidades que
nos desagradan, cuando no nos aterran?
No es fácil seguir comiendo mientras
vemos en la pequeña pantalla cómo se muere de inanición
y de enfermedades curables para nosotros. No es fácil
entender qué ha pasado para que en la esquina de tu
calle, tan tranquila durante años, unos hombres se apuñalen.
No es fácil no perder los nervios cuando entran por
ventanas y paredes aromas y sonidos extraños, muchas
veces demasiado intensos y sin embargo tan normales para
nuestros vecinos venidos de lejos. Como no es fácil
entender y aceptar que los hijos, las familias, las
comunidades crecen, cambian, necesitan y piden afrontar
nuevos retos y responsabilidades, más libertad, en suma.
Hoy es más posible que nunca, aunque
quizás por éso, el miedo está pululando dentro y fuera
de nosotros. Algunos lo aprovechan y lo utilizan: es una
buena estrategia, ya que enraiza con nuestra psicología
más profunda.
El miedo se atenúa cuando se
comparte con el grupo. Pero a veces la manera de
atenuarlo es persiguiendo -física o psicológicamente- a
los que no piensan igual. En psicología a ésto se le
llama Proyección: Persigue, para no sentirte perseguido.
La otra opción, ante un miedo -legítimo-
a lo desconocido, es conocer. Como siempre, la cultura
nos echa una mano. Ahora sabemos más de los que,
desesperados, saltan las vallas del hambre y que
posiblemente sean los mismos que duermen ateridos en los
bancos y portales de nuestras calles. Ahora podemos
recordar nuestros exilios y nuestras humillaciones como
emigrantes en países cuyas gentes nada sabían de
nosotros y de nuestra historia.

MEDICACIÓN Y PSICOTERAPIAS
El ser humano está formado por
cuerpo y psique (¿el alma?) y, las repercusiones de
cualquier proceso de desestabilización emocional actúan
en un feed-back tal que es difícil discernir con
claridad cuál es principal determinante y en qué orden
y medida tienen influencia en el proceso. Todo ello ha
ocasionado inacabables controversias entre teóricos de
la Psicología y han dado lugar a diferentes escuelas y técnicas
que acostumbran a ignorarse, excluirse, cuando no a
enfrentarse, cayendo en una disociación que poco ayuda a
comprender la complejidad del espectro humano.
A las personas que sufren poco les
importa la teoría que emplea su "médico",
mientras les ayude en su legítimo deseo de sentirse
mejor. Pueden ser reáceos a ciertos tipos de tratamiento
y sintonizar con otros, como evidencia la experiencia clínica,
pero ¿a quién le gusta ponerse en manos de un
desconocido, aunque se trate de un profesional, para que
le ayude?. Renunciar a la omnipotencia de valerse por uno
mismo y aceptar que no estamos bien es duro para
cualquiera. Temer a lo que nos hagan, nos digan, nos den,
es tan humano y tan digno de ser tenido en cuenta que los
especialistas deberíamos anteponer estos sentimientos de
los pacientes a nuestras propias teorías y a la
costumbre de pensar que nuestro enfoque del problema es
el adecuado, aún viendo que no le sienta bien.
Actualmente hay una tendencia hacia
el "biologicismo" estimulada, quizás, por los
descubrimientos científicos que pretenden ubicar cada
vez más las causas del comportamiento humano en el
cuerpo. Se busca en los genes la localización de las
alteraciones psicológicas y de vez en cuando aparecen
noticias que aparentan haber dado con la clave de un
problema.
Creo que tranquiliza mucho materializar lo
inaprensible. También aporta beneficios económicos a
las empresas farmacéuticas y en general a una sociedad
competitiva donde no hay tiempo para entender y resolver
los conflictos, sino que lo que priman son los resultados
inmediatos, aún a costa de la estabilidad emocional de
las personas. Desde la Psicología han proliferado y se
potencian los tratamientos psicológicos enfocados a la
inteligencia emocional, donde los terapeutas enseñan a
los pacientes estrategias para cambiar sus percepciones
distorsionadas y aprender otras más adecuadas a sus
deseos y necesidades.
Al mismo tiempo vemos cómo cada
vez más se asocia una comprensión más profunda de los
conflictos psicológicos, la actualmente llamada psicología
comprensiva o dinámica, a las primeras etapas del
psicoanálisis, cosa que hace que se considere pasada de
moda y se rechace a priori, perdiéndose muchos futuros
terapeutas la fuente de riqueza de dicho marco teórico,
la evolución que ha seguido a través del tiempo y la
fuente que ha sido para muchas otras teorías psicológicas
más jóvenes en el tiempo.
Una de las cosas más positivas de
nuestro tiempo, creo, es la diversidad que cada vez más,
nos enriquece. Los países evolucionan, en diferente
medida, abriendo sus fronteras físicas y culturales a
otras maneras de entender el mundo, la vida, el ser
humano y las relaciones que establecen entre sí. Cuanto
más evolucionado es un país, mejor acepta las
diferencias, puesto que conocer al otro ayuda a poder
identificarse con lo que de común tenemos las personas.
Así vamos perdiendo el miedo a ser invadidos por lo
desconocido y perder nuestra seguridad. Conocer al otro
sirve también para evaluar los riesgos con una medida de
realidad y defendernos adecuadamente, llegado el caso.
En las ciencias, el avance del
conocimiento nos hace sentir poderosos, eufóricos. Para
validar lo nuevo parece que tengamos que dar de baja los
conocimientos del pasado. Cuesta dejar que convivan
diferentes puntos de vista para observar el mismo fenómeno.
Sin embargo, si alguna ciencia es acreedora de esa
diversidad, es la Psicología. Otra cosa es que los
especialistas de cada escuela psicológica utilicen y
defiendan "su técnica". Aceptar que existen
otras tan válidas y útiles como la suya, más aún,
contar y colaborar con las diferentes versiones de la
psique y la conducta humana sería, a mi juicio, una de
las prioridades que tiene la Psicología actual.
Desde esa perspectiva, los diferentes
tipos de psicoterapia o la medicación psiquiátrica no sólo
no están reñidas, sino que son opciones a utilizar por
los terapeutas en una sociedad que evoluciona, -ése es
el deseo-, hacia un desarrollo integral de las personas.

SOLEDADES
Estar solo no es
lo mismo que sentirse solo. Se puede estar con la familia,
con la pareja, con los amigos, con el grupo afín y sentir
que uno no forma parte de, no se siente vinculado a. Sólo si
se ha experimentado con alguien, con otros, la ida y venida
de emociones, sentimientos, necesidades; la confianza, el
apoyo, el consuelo, alimentos todos del alma, sólo entonces
podemos estar cómodos en la soledad.
Se puede estar
solo y sentir que uno forma parte de una humanidad
compartida, de gente o cosas concretas. Se puede estar solo
con los propios pensamientos, que no son sino una
elaboración de otros pensamientos que nos han ido formando.
Sentirse solo es
otra cosa, es no haber hallado la manera de conectar con los
otros. Las causas pueden ser múltiples y no voy a hablar de
ellas aquí, pero sí de caer en la cuenta de esa falta de
vinculación, que es uno de los peores sufrimientos humanos.
Quizás no lo sea menos el miedo al rechazo que muchas veces
nos lleva a la soledad.
Darse cuenta de
la propia realidad interna puede ayudarnos a entender la
vida que llevamos y buscar las causas de nuestra
insatisfacción. No es tarea fácil y muchas veces huimos
hacia adelante, buscando tareas y personas con las que
distraernos de nuestra desdicha más íntima. Aunque estos
recursos pueden ser muy positivos, creo que necesitan ir
acompañados de la posibilidad de integrar también los
sentimientos de vacío, soledad o miedo. Cuando éstos son muy
intensos o de muy largo recorrido, es posible que se
necesite ayuda terapéutica para abordarlos. Seguramente la
persona solitaria no se volverá extrovertida, pero podría
llegar a gozar de su tiempo de la manera que mejor se le
acomode, y aceptarse como una de las muchas variedades de la
naturaleza humana.

CON LOS PIES EN EL SUELO
Estamos
condicionados por nuestra historia y por otras historias
anteriores a la nuestra, como también por la biología, que
tiene mucho que ver en la forma en que reaccionamos ante los
estímulos recibidos. Es cierto que muchas de las cosas que
nos ocurren no podemos cambiarlas, como también lo es que
muchas veces nos cuesta aceptarnos a nosotros mismos y a
nuestras circunstancias. -"Si fuera más guapo, más joven,
más rico, más listo..."-¿Por qué tiene que pasarme ésto a
mí?- Y miramos a nuestro alrededor y vemos personas que nos
parece que reúnen aquello que quisiéramos para nosotros.
-"Es envidia sana"- nos decimos, pero yo diría que es
también un deseo legítimo de ser más felices.
Queremos romper
las cadenas que nos atan a nuestras dificultades, a nuestras
carencias y tendemos a desear estar completos, casi como en
el interior del útero, en que todas nuestras necesidades
eran satisfechas automáticamente. Pero el primer contacto
con el mundo exterior, al nacer, nos pone ante la evidencia
de que hemos perdido el paraíso. El frío, el hambre, las
molestias corporales internas y externas nos hacen llorar
desesperadamente. Cuando esas necesidades no son satisfechas
en un tiempo prudencial, nos invade el terror. El bebé y el
niño muy pequeño pueden estallar en ataques de cólera de
difícil consuelo, cuando llegan a ese estado. Si la persona
que cuida, que tiene paciencia, que tranquiliza no aparece,
el bebé entra en un estado que puede ir del rechazo a la
indiferencia. Su tiempo no es el tiempo de los adultos y
puede sentirse abandonado definitivamente. Puede que tarde
mucho en recuperarse de ese sentimiento que genera
desconfianza o que no lo logre nunca.
Adaptarse a la
realidad no es tarea fácil. Aceptar las carencias de los
demás y las propias lo es aún menos. A veces también cuesta
aceptar nuestros recursos, o porque no los vemos o porque
los desvalorizamos. Pero es cuando podemos hacerlo cuando
disponemos del material posible para construir nuestra vida.
Es verdad que no siempre es fácil saber o poder utilizar
aquello para lo que estamos dotados.
Entender nuestra
historia y nuestro presente es un paso importante en la
aproximación a nosotros mismos y a nuestra realidad. A
partir de ahí podremos ver y entender el mundo que nos rodea
y disfrutarlo dentro de nuestras posibilidades.

SER PADRES
¿Tener hijos
como un hecho natural que no tiene por qué plantear dudas o
reflexiones o preocuparse por hacerlo de la manera que a
nosotros nos hubiese gustado que lo hubieran hecho con
nosotros?
La manera en que
alguien es padre o madre viene determinada por toda una gama
de circunstancias que, según se combinen pueden facilitarnos
o dificultarnos nuestra tarea. La situación económica,
nuestro estado emocional, la existencia o no de una relación
de pareja, relación estable o no, el tipo de vínculos
familiares y sociales, el grado de satisfacción
profesional... el deseo o no de ser padre o madre.
Nuestra sociedad
occidental ha ido aceptando una nueva manera de
configuración familiar. Ya no se consideran necesarios a los
dos miembros de la pareja para formarla. Tampoco es
imprescindible que sean de diferente sexo. La Psicología se
ha quedado rezagada en el abordaje de estos temas y tiene
aún mucho que debatir para ubicarlos desde la realidad
actual. Pese a todo hay –creo- unos cuantos puntos de
referencia que nos pueden dar señales de por dónde podemos
ir avanzando:
El amor. El
deseo de transmitir a los hijos unos bienes de los que nos
sentimos administradores y que consideramos valiosos: el
bienestar físico y emocional, el afecto y toda la gama de
sentimientos y sensaciones que conlleva. La vida, en suma,
con sus momentos de felicidad.
El deseo de
hacer de nuestros hijos unas personas sociables que puedan
integrarse en nuestro (después será “su”) entorno, con la
satisfacción que ello reporta. Añadamos aquí que
sociabilidad no impide que las personas tengamos nuestro
propio criterio delante de las cosas ni que dejemos de
buscar nuestro lugar en la sociedad, el que mejor se adecue
a nuestra manera de ser; también la libertad de ser uno
mismo es en sí una fuente de satisfacciones.
Todo ello no
está exento de dificultades, como bien experimentan los
padres cuando, por ejemplo, sus hijos les ponen al límite de
su paciencia, sea porque les piden sin medida, sea porque
les rechazan, también sin medida. En esos momentos perdemos,
muchas veces, la propia seguridad en nuestros recursos y
dudamos si somos unos buenos padres. Nuestra autoestima
baja, la rabia o la desesperación crece y como resultado
podemos pasar de ser unos padres muy permisivos al otro
extremo : ser demasiado estrictos. Hallar el término medio
nos parece a veces una empresa imposible.
Ellos, nuestros
hijos, pasan por varias etapas evolutivas que a nosotros nos
dejan casi siempre desorientados. Cuando parece que nuestro
niño/a ha crecido lo suficiente para conocernos , querernos,
obedecernos y nos enorgullecemos de todos esos logros,
aparecen los primeros signos de rebeldía explícita. Estrenan
su lenguaje con un sonoro y desconcertante NO a todo, unido
muchas veces a las rabietas más incomprensibles. Entonces
sentimos que hay una especie de vuelta atrás y no lo
toleramos. Algo parecido pero con características más
complejas ocurre cuando en la adolescencia vemos que nos
tiran por el suelo cuanto creíamos haberles transmitido y
que ellos habían asolido. La dificultad máxima nos puede
llegar cuando nos convierten a nosotros mismos en esos
ángeles caídos, la representación de lo malo, el error, el
fracaso. A veces nos sentimos tan abatidos que quisiéramos
tirar la toalla.
Pero la vida es
evolución y no sólo cambian nuestros hijos; también nosotros
lo hacemos. Pasamos nuestras crisis de madurez, de vejez, de
pareja, familiares, profesionales, sociales. Muchas veces
estamos irritados, tristes o desesperados por multitud de
circunstancias que tienen que ver con esos cambios y con
nuestra mayor o menor capacidad para soportar las pérdidas
que necesariamente conllevan.
También nuestros
hijos sufren pérdidas al crecer, pérdidas que se parecen (en
el nivel de los sentimientos) a las nuestras, como la
seguridad de lo conocido y la necesidad de entrar y
adaptarse a una nueva etapa.
No toda
confrontación ha de ser negativa. Precisamente el grito de
rebeldía, la tozudez, el insulto incluso pueden ser y son la
mayoría de las veces los únicos medios de que dispone el
niño y el adolescente para pedir ayuda. Pueden necesitar que
se les ponga límites más claros, pueden estar pidiendo un
diálogo para expresar sus dudas, sus miedos y lo hacen
rudamente, precariamente, diría yo.
La mayoría de
las veces bastará con armarse de paciencia y observar,
preguntar, escucharles. Quizás nosotros necesitemos que
otros adultos a quienes tenemos confianza nos observen,
pregunten o nos escuchen. Quizás eso baste. Puede que
también necesitemos y necesiten un abrazo, una caricia; que
dejemos y nos dejen estar tristes, tener miedo, dudar. Puede
que una mirada esperanzadora.